‘Cosmódromo’, de Rubén Azorín Falsaria

Ubicado en la remota Siberia, el cosmódromo ruso de Vostochni se convierte en testigo de cuatro misiones espaciales no oficiales rodeadas de un misterio absoluto. Los cosmonautas despiertan de su criosueño, pero no están en el lugar que deberían, algún imprevisto les ha desviado de su cometido. A partir de ese momento, deberán averiguar qué ha sucedido y dónde se encuentran, pero no será fácil. Ante esta inesperada situación, tendrán que luchar contra la incertidumbre y la soledad para mantener la razón intacta en un entorno claustrofóbico y sin ningún contacto con el exterior. Nada es lo que parece.

Esta es la base sobre la que se asienta Cosmódromo, la nueva y asombrosa novela autoeditada de Rubén Azorín. Después de las conquistas realizadas con Luna. Apogeo y su segunda parte, Nuevo Mundo, el autor vuelve a sorprendernos con una historia de ciencia-ficción a la que, irremediablemente, quedaremos enganchados. Parece que las misiones espaciales son la especialidad de la casa, el contexto recurrente. Y es que el Universo es tan hermoso como inquietante y, llevado a la ficción, nos ofrece un amplio abanico de posibilidades. Pero ¿cómo hacer, por tanto, que cada nuevo relato nos apasione? Desde luego, saber reinventarse y ofrecer algo novedoso al mismo tiempo que se desarrolla una novela de calidad es todo un reto. Y a Rubén Azorín parece gustarle los desafíos, pues con Cosmódromo consigue trasladarnos a ese lugar tan turbador en el que los personajes se hallan.

Después de sus anteriores novelas, las cuales fueron todo un éxito de ventas en Amazon, Rubén Azorín tiene difícil saltar esa alta barrera. Aunque no solo como escritor, también debe responder a su público, el cual espera una nueva historia que sea, como mínimo, igual de apasionante que sus predecesoras. Las expectativas son altas. Y la calidad de Cosmódromo también.

El ritmo de la novela es equilibrado: vamos compartiendo pensamientos, teorías, suposiciones… En todo momento, nuestro conocimiento es igual al de los personajes y empezamos a sentirnos encerrados igual que ellos. Nos sorprendemos, nos aterramos, compartimos su paranoia. Gradualmente el autor nos lanza allí como si fuéramos un personaje más y, cuando creemos saber lo que está ocurriendo, todo se precipita en otro sentido y debemos replantearnos lo que estamos leyendo, hacer nuevas pesquisas. El desconcierto de los protagonistas apela a nuestra fantasía y las pistas que se van desmenuzando elevan el suspense para hacerlo detonar en el desenlace.

Todo esto sumado a la sobresaliente narración de los hechos y los datos aportados en las dosis apropiadas proporcionan una contundente solidez a la novela, a la que los entusiastas de la ciencia-ficción deben asomarse. En primer lugar, porque algunos escenarios y situaciones nos remiten a películas tan sublimes como Moon (Duncan Jones, 2009), donde el protagonista deberá enfrentarse a los secretos que se ocultan tras su misión. En segundo lugar, la maestría de Rubén Azorín para recrear espacios claustrofóbicos y asfixiantes es innegable; poder sentir al mismo tiempo que la imaginación se despierta es el factor que diferencia una obra entre miles. Y, por último, haber llevado la historia a un futuro tan cercano despierta la curiosidad, el interés; más aún cuando, a pesar de ser ficción, aquello que leemos nos resulta creíble.

Cosmódromo no es una novela común fabricada para entretener al lector mientras viaja de una estación a otra o se sienta a leer en la cama antes de coger el sueño. No. Lo que se puede encontrar entre sus páginas es todo un ejercicio de superación por parte del autor y una alta dosis de suspense y misterio. La tensión recreada dibuja una línea ascendente hasta el final, resultando imposible escapar de esta original y dramática historia que, incluso una vez concluida, hace que el lector siga preguntándose.

 

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