Catorce años de silencio, de Israel Esteban Razones de fondo

Hay muchas formas de comenzar una reseña literaria, pero, creo, pocas veces se comienzan con las palabras del autor ―acaso porque los críticos nos creemos más listos que los escritores―, de modo que voy a ser original y comenzaré por una frase que, por más vueltas que le dé, define a la perfección Catorce años de silencio, la ecléctica novela de ¿Ciencia Ficción? ¿Humor? ¿Experimental? de Israel Esteban. La frase, a la pregunta sobre qué es realmente Catorce años de silencio, dice así «…abarcan tantos temas que resulta extremadamente complicado etiquetarla y posicionarla en un único lugar. Desde luego es un despliegue de pirotecnia verbal que hace que el lector pase por todos los estados de ánimo posibles, con la misma facilidad con la que un niño pela un plátano».

Sí, no cabe duda, es la mejor forma de iniciar esta reseña. La segunda es detallar los principios elementales que hablan de una novela única y poco frecuente. El punto de partida de Catorce años de silencio se organiza sobre una pregunta ―un disparador―: ¿qué haría el lector si estuviera en su casa y, de pronto, recibiera la visita inesperada de un viajero del tiempo? Un hombre peculiar, hambriento de panecillos de leche, que se presenta diciendo ser descendiente suyo. Pero, como dije, ese es solo el punto de partida, el gancho, puesto que el hombre del tiempo tiene un mensaje importante que trasmitir: el plante a está a punto de perecer. A partir de allí, el devenir de la novela funciona casi como una novela por entregas o un diario donde el lector deberá encontrar todas las respuestas que ha estado buscando el ser humano a lo largo de la historia, con el fin, claro, de salvar la tierra ―¿o a nosotros mismos?.

Mediante una estructura irreverente, Catorce años de silencio es una novela de ciencia ficción curiosa, arriesgada, nada complaciente con el lector a quien obliga a pensar, a implicarse, con una trama ambiciosa, presentada como un volumen de crónicas que Darío, el visitante del futuro, entrega a su antepasado escritor. En términos gráficos, Catorce años de silencio funciona como una de esas películas que no dan un segundo de respiro, empeñadas en mantener al espectador atornillado a la silla y desbordante de originalidad y teatralidad.

A la par con su singular escritor ―alguien que no ha dudado de conformar todas las performances posibles con tal de dar a conocer su obra, como colgar muñecos de un puente para promocionar su anterior novela o ‘mostrarse’ en un escaparate público para firmar ejemplares―, la novela es un artefacto que solo puede emanar de una persona que no tiene prejuicios de género, que es capaz de atragantar la literatura hasta conseguir lo que busca y lo que busca es asombrar y dejar al lector desconectado del entorno rutinario, boquiabierto y dispuesto a jugar un juego que él mismo, Israel Esteban, ha ideado de principio a fin.

Catorce años de silencio es, por tanto, un novela salvaje y contemporánea. De ese tipo de texto que, con el pasar de los años, se hablará para describir de una época. Y de su autor.

 

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