Letras negras en Chile Literatura

Después del leer Costa bárbara de Ross Macdonald me cansé del formato de novela negra, con preguntas y respuestas; con personajes creados para dar una información falsa o de vital importancia; o de los que fueron inventados para repartir puñetazos y amenazas sangrantes y suspensivas.

Sin embargo, no quiero que se entienda que ese tipo de novela se desvirtuó (en mi mente) con la novela de Macdonald. No, al contrario, considero el libro bastante bueno. El problema es que colmó mi paciencia a fuerza de haber leído unas varias novelas de ese tipo, donde en vez de imaginar a los personajes, veo al autor, en su escritorio, complicando el asunto, creando situaciones y personajes para un argumento que ni él mismo tiene tan claro.

No me quedo con el relato de enigma porque detesto sentirme incompetente al lado del detective sabelotodo. Por otro lado, sigo prefiriendo la novela negra ante la modalidad de novela de enigma emparentada a la ciencia ficción de las nuevas series policiales gringas. Pero persisto en mis sin embargos porque me hartó el abusivo número de personajes que se deben memorizar para no perder el hilo del rompecabezas. No es que la lectura deba ser fácil o un simple instrumento de evasión, pero creo que se pierde el sentido de la búsqueda si el laberinto no da la oportunidad de algún socorro verosímil de Ariadna

En este contexto, buscando nuevas formas, nuevas maneras, me encontré con dos policiales de compatriotas. El primero, El sorprendente mundo de Carlos Fort Davis, el detective de lo paranormal, de Cristián Barrera, (1) presenta un detective que investiga sucesos donde espíritus malignos, aparecidos, seres mitológicos o personajes literarios macabros hacen su aparición.

El detective Carlos Fort Davis es nieto de un escocés que llegó a las costas chilenas. El origen de su antepasado es incierto, misterioso y se sabe de sus tratos con seres endemoniados. El protagonista perdió a sus padres por una venganza dirigida a su abuelo Jonathan Fort Davis. Por lo tanto, su educación y conocimiento de su especialidad hermética están a cargo de su abuelo y de Abigail, la criada (aparentemente inmortal) de Jonathan.

Carlos se enfrenta a cincos misterios importados del más allá. Algunos enigmas aluden a la historia reciente de nuestro país (los psicópatas de Viña del Mar, por ejemplo) otros a distintas tradiciones, historias y personajes literarios, como El Necronomicón, El Golem, Kaspar Hauser, el Vampiro Kürten de Düsseldorf, entre otros. Todos ellos presentan Valparaíso como morada de tradiciones diferentes (lo ha sido desde su origen) y de guarida de seres endemoniados y poderosos. Esta amalgama de lo sobrenatural oscurece más al Valparaíso lóbrego de noches solitarias, vuelve el puerto más sombrío, melancólico.

Fort Davis no sigue el modelo de las preguntas y respuestas ciertas o veladas. Lo interesante es que a través del conocimiento de estos libros ocultos y otros prohibidos, el detective logra comprender, desenmascarar y aniquilar a los malhechores alados. El protagonista tiene un conocimiento “actualizado” de las tradiciones malévolas que dan vida a los personajes, por eso, el hilo en los laberintos está dado por su erudición, lo que presenta una manera más lúdica para esclarecer (u oscurecer) la verdad.

La otra ficción que escapa de la práctica de dimes, diretes y puñetazos es El caso P de José Gai (2). Aquí también se aprecian métodos menos ortodoxos que los habituales en la novela negra, como las visiones de una mujer que intenta ayudar al detective de la Policía de Investigaciones de Chile, Abel Ayala. Estas apariciones, evocaciones o imágenes, que son expresadas por la vidente Pandora, conducen al detective al esclarecimiento paulatino de un embrollo tremendo que involucra a un psicópata.

Se puede decir que el recurso de la clarividencia (en la ficción) saca de apuros. Sin embargo, también puede entenderse como una manera en que se reivindica lo que no se considera inteligencia racional, lógica, científica o lo que no repite el formato de la información rescatada por testimonios, puños y patadas. Es decir, evade todo lo que ya es repetido, como también, las odiosas coincidencias y la aparición mágica de razonamientos o pruebas ocultas al lector.

Por otro lado, si se insiste que la clarividencia es una solución literaria sencilla, la novela, al acercarse al desenlace, trasciende ese método y permite que el detective (junto al lector, lo que me parece apreciable) saque conclusiones y descubra la identidad y las coordenadas del psicópata.

Otro elemento muy interesante es la alusión a la historia reciente de nuestro país (1995), como el traslado de Manuel Contreras (un psicópata torturador, director de la DINA durante la Dictadura de Pinochet) a una cárcel destinada a militares involucrados en los casos de DDHH, quienes a todas luces acumularon más víctimas que el homicida investigado, pero me escapo del tema.

Para finalizar, en el momento en que me pregunto acerca de mis elecciones literarias y de mi recurrencia a un género que reitera modelos algo añejos, aparecen estos dos libros como salvavidas que me devuelven la esperanza de que es posible escribir otro tipo de literatura policial. Pero si desde ahora al futuro volvemos a los puños y si me vuelvo conformista, la fórmula reincidente no es tan grave en algunos policiales, porque producen algo, una sensación extraña, casi placentera, pero nuevamente me desvío del asunto principal.

 

Julia Guzmán Watine

(1) Cristián Barrera (2012). El sorprendente mundo de Carlos Fort Davis, el detective de lo paranormal. Chile: Imprenta Grafimar.
(2) José Gai. (2014) El caso P. Chile: Tajamar Editores.

Etiquetas: