Un viaje a Islandia Reseñas

 

Hay veces en que me pregunto cuándo vale la pena un libro. Creo que la respuesta es muy subjetiva, y no voy a recurrir a lo que es culto, popular, burgués, clásico o refinado.

Me hago esta pregunta, sobre todo desde hace un tiempo, porque me he inclinado al género policial y quizá es esa la manifestación de una culpa latente por no estar leyendo algo que “valga la pena”. En fin.

Nunca hice un examen de conciencia con Rayuela, Este domingo, El beso de la mujer araña, El conde de Montecristo, La insoportable levedad del ser y así podría seguir con Pubis angelical, Camino de Ida y podría continuar con El poema del Gilgamesh, El Quijote, El extranjero y seguir y seguir sin cuestionar nada.

Pero volviendo a lo policial, creo que existe un porcentaje mediano de aciertos -¿ será que mis gustos se están relajando?- y dentro de los aciertos, creo que me tengo que enfocar en los libros que me han causado cierto vértigo al terminarlos. Y es a eso a lo que me quiero dedicar por un tiempo: a justificar(me) el tiempo, la disposición de no estar leyendo Tolstoi o de no estar conversando por ahí con amigos, por ejemplo.

La mujer de verde comienza con un bebé que está jugueteando con un hueso humano, le sigue una investigación lenta encabezada por un arqueólogo

Comenzaré con Arnaldur Indridason. ¿Por qué él? Porque ha sido uno de mis mejores hallazgos y salvo la penúltima novela (la última de la saga Erlendur) vale la pena conocer al detective islandés.

Uno de los asuntos más atrayentes de Indridason es la fijación por el pasado. La mayoría de sus obras desentierran la historia pretérita de personajes decadentes, moribundos u obsesionados por algún secreto. Entonces, algo accidental (La mujer de verde y El hombre del lago) remueve, cual catalizador, lo olvidado y muestra que la amnesia forzada no fue suficiente para negar lo latente. Lo sumergido sale a flote y, de esta forma, comienzan a mostrarse aspectos oscuros del país, de la sociedad, de las familias, de las parejas y del mismo detective Erlendur.

La mujer de verde comienza con un bebé que está jugueteando con un hueso humano, le sigue una investigación lenta encabezada por un arqueólogo y el detective Erlendur. Se intercala a la historia principal, una narración acerca de una familia que sufre maltrato y abuso. Poco a poco las historias se van entrelazando y se comprende el diseño de esta novela. Se entiende que el relato marginal se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial y que la investigación, de algún modo, es la continuación del relato del pasado.

Como en otras narraciones nórdicas, en la mayoría de las obras de Indridason, se produce una relativización del victimario

En El hombre del lago, la estructura es similar. En un lago, los niveles de agua bajan de manera alarmante y aparece un esqueleto que lleva un tiempo indefinidamente largo sumergido. Lo anterior detona la investigación de Erlendur y, nuevamente se entrelaza la narración principal con un relato del pasado, esta vez de la Guerra Fría, en Leipzig.

Como en otras narraciones nórdicas, en la mayoría de las obras de Indridason, se produce una relativización del victimario: él fue víctima de la víctima. Por otro lado, la verdad parcial y superficial emerge para volver la vida más compleja, difícil e intrincada. Esta inhumación de la conciencia va, junto a la investigación, zurciendo los relatos de vidas truncadas que se congelan y esconden en las rutinas tristes de los personajes.

Tanto la investigación como las historias pasadas vuelven estas novelas negras muy originales. A su vez, al igual que con Wallander de Mankell, se conoce la realidad del protagonista: un hombre solitario, amargado, atormentado por la muerte y desaparición de su hermano menor en una tormenta de nieve y por la drogadicción de su hija, Eva Lind.

Entonces, la atmósfera de soledad, desamparo, incomunicación, malos entendidos, torpezas. En fin, la atmósfera de relacionas humanas fallidas, acompañada de un paisaje austero, más bien oscuro o más bien triste describe los relatos de Indridason como duros y claustrofóbicos. Sin embargo, aunque parezca una paradoja, presentan una apertura por lo que se está conociendo. Islandia, la arquetípicamente inhóspita, de pronto se convierte en una tierra atractiva, triste e inhóspitamente atractiva.

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