Selfies y narcisismo: la exhibición del alma y otras partes Razones de fondo

No sé por qué nos extrañamos de la hemorragia de exhibicionismo y narcisismo que nos inunda. Mientras unos lo ven como un estigma, demonizan esas actitudes que dinamitan cualquiera de los códigos morales de la humanidad, son muy pocos como lo ven como el reflejo de lo que realmente somos: animales. Ni el lenguaje, ni la cosmovisión civilizatoria de diferenciarnos de todo lo “animal” ha permitido que seamos civilizados, ni que tengamos control de nada. El ser humano se ha convertido en una especie de kamikaze evolutivo que mientras más crea, mientras más transforma su entorno y conducta, menos sabe de él.

El sinsentido, lo salvaje, lo irracional y lo absurdo han acompañado, principalmente a las sociedades occidentales que con la aparición de Internet y algunas tecnologías se escandalizan del uso que los internautas hacen de ellas. El sesgo de la moralidad, de la ética y de las “buenas maneras” son un eufemismo a la torcedura conservadora legadas por la intoxicación religiosa que padece el mundo laico. Las bases coercitivas, discriminatorias y hasta intimidatorias de religiones como el cristianismo y el islam, han penetrado a las estructuras conductuales colectivas y marcan ese conservadurismo rancio que convierte el ejercicio de la libertad en algo peligroso.

Es muy contradictorio que sociedades industriales, avanzadas, productoras de tecnología, sean las mismas que las demonicen y traten de reglar, controlar y prohibir la manera en que los ciudadanos deben usar estas tecnologías. Una cosa es delinquir, otra mostrar el sexo, los excesos, la frivolidad y la superficialidad. Vivimos en sociedades socialmente tan rotas que somos incapaces de socializar en Internet sin que nadie medie, sin que no haya censores, sin que nadie ponga reglas y fije el comportamiento.

La exhibición y el culto a sí mismo es algo milenario que se ha ido transformando a lo largo de los siglos a través de distintas culturas. Su percepción ha ido cambiando en la medida que se creaban diferentes estructuras sociales y evolucionaban los medios de comunicación masivos. La pornografía está ahí, desde hace siglos, sumergida, marginada, pero sobreviviendo a la falsa moral y al hedonismo pueril de “la buena conducta” como si no formara parte de la educación sexual y de la sexualidad humana, como algo antinatural, vicioso y denigrante. Así que no sé por qué tanto revuelo con la plaga de los selfies y la exposición de la intimidad.

No asistimos a nada nuevo, solo estamos ante recursos tecnologizados que hacen de la expresión personal algo constante, público y a veces tan superficial como complejo. Si revisamos el mito de Narciso podemos ver que está construido sobre el rechazo, la megalomanía y la venganza. Donde la muerte, ante la obsesión de la belleza, es inminente y donde la botánica sirve de pieza fundamental para sellar el colofón del mito y dejar un símbolo que nos trasciende.

La mayoría ha visto el mito de Narciso como una historia moral dirigida a los adolescentes griegos, no fue más que el síntoma de una sociedad poseída por sus cánones, extraviada en su propia definición de la belleza y desconsolada por los extremos a los que sus ciudadanos estaban llevando el culto al cuerpo, despojando de todo sentido espiritual a la belleza y dejándola en esa cáscara vacía y física en lo que se ha convertido a través del cuerpo. ¿En qué lugar de la Paideia se fracturó el nexo con los ideales cívicos y de mejoramiento humano con la belleza como medio para una saludable vida y el estar dotados físicamente para hazañas y proezas? No se sabe. Pero gracias a Werner Jaeger sabemos que la Paideia no era el proceso de educación de los griegos, ni una abstracción de civismo, era un ideal, una aspiración constructiva, instrumentada en las instituciones para obtener un hombre marcado por la virtud, pero sin descuidar el desarrollo del cuerpo para poder ejercer de héroe cuando las circunstancias lo exigieran.

Aunque siempre estuvo vinculado el concepto a la nobleza, Isócrates le aportó elementos como la retórica, la poesía, las matemáticas y la filosofía. El ideal se socializó, se extendió hacia los demás ciudadanos como una necesidad para poder ser un verdadero griego. Más tarde la tradición del comic retomó esta idea. Si nos dentemos un momento, no hay héroes obtusos, sin estudios, ni brutos, pero tampoco los hay, en el canon más puro del héroe de comic, raquíticos, anoréxicos y endebles. Claro, fuera del mercado, en el comic urdergroung sobran los antihéroes, pero las masas simpatizan con el héroe ideal, inteligente y fornido, donde lo físico es determinante. No para asombrarse, la simpatía con el héroe no es algo nuevo. Nuestro fracaso, miedos, defectos, problemas, son el motor de la admiración, la idolatría y el culto provocando un deseo profundo del arquetipo, anhelando una conversión imposible, pero estimulante, en alguien sin una existencia real, pero tangible, que nos mueve a través de nuestros vacíos y carencias hacia una necesidad muy humana de querer ser otro. Podríamos llamarlo envidia, pero es algo más complejo.

Pero la auto-representación, el culto a la persona constatado a través del arte, no es algo que empiece con los griegos. Aunque los historiadores del arte lo ubican en un contexto religioso las representaciones antropomórficas paleolíticas y neolíticas, no hay pruebas que nieguen que muchas esculturas y pinturas rupestres no fueran una manifestación de ego individual y colectivo, reflejo de acontecimientos asombrosos y éxito social. Más claro en cuánto a fin, por las pruebas jeroglíficas, son las representaciones del antiguo Egipto. Con el conocimiento de la arquitectura, el dibujo y la pintura, me parece casi un chiste la ausencia de perspectiva en lo pictórico. Es como si de alguna manera intuyeran que tratar de representar el espacio en superficies bidimensionales era una pérdida de tiempo ya que la escultura cumplía esa función.

Aún así, aunque la esencia de la representación de los humanos estuviera signada por la religión, no deja de ser extravagante equiparar a los faraones a dioses y exaltar su inmortalidad a través de murales, esculturas y pirámides de dimensiones gigantescas. Para nada sutil el subrayado de la grandeza, que prueba que la naturaleza humana es de por sí megalómana, pero que suele ser proporcional con el poder y riquezas del sujeto. Más tarde Roma heredaría ese afán de culto monumental donde la moneda con la cara del emperador fue la forma más evidente de consagrar la grandeza de un hombre y que la modernidad heredó trivializándose el contenido por el valor de cambio de la moneda. Pero es bastante explícito como el poder recalca la dimensión trascendente de dignatarios, nobles y líderes políticos en el dinero. Y se hace obvia la pregunta: ¿por qué no se decantaron por animales, flores, plantas exóticas y alimentos, abstracciones, figuras geométricas o sólo números para estampar en el dinero? No, porque la moneda es un instrumento de dominación y un reflejo del poder que la imprime que rinde culto a los segmentos más altos de las estructuras donde reside y perpetúa la diferencia de la clases. Aunque tengo que señalar que el billete de cien trillones de dólares de Zimbabwe, y no es un chiste, tiene unos pedruscos y árboles, ah y una marca de agua en forma de vaca.

Así que no es reprochable que las masas utilicen las nuevas tecnologías para reflejar no sólo la “belleza”, riqueza, poder y cuanta manera existe de manejar la libertad individual que contrasta con la fealdad, la violencia, la miseria en contextos privados, públicos y hasta corporativos. Si alguien quiere retratar sus nalgas, tetas y labios con botox, sus escarceos sexuales, las joyas que posee o su viaje al centro de la tierra, me tiene sin cuidado. Si alguien quiere parecer una “celebrity” al lado de alguien mediático, desea dar testimonio de su salto en paracaídas o fotografiar a la policía cargando contra una manifestación, no es algo que me quite el sueño, ni que se deba censurar.

Algunos lo pueden encontrar de mal gusto, hortera y fuera de lugar, antisistema, herética y escandalosa la actitud de documentarlo todo, pero esa conducta forma parte de las relaciones sociales y las dinámicas colectivas, ahora no sólo visibles a los sociólogos y especialistas de la conducta humana, sino visible a todos, incluso a quienes se resisten a participar de ellas y niegan que estamos en otro siglo con nuevas herramientas que afectan profundamente la vida. Incluso, cuando esta mostración se vuelve patológica, no tiene nada de nocivo, pero al mal contrastar con las distintas escalas de valores es cuándo aparecen los problemas, la mayoría de las veces en perspectivas sectarias con una profunda carga religiosa que inciden en la práctica política y provoca un aluvión de censura.

¿Es una pesadilla el selfie? ¿Banaliza la realidad? ¿Provoca conductas fuera de las normas que la sociedad fija? ¿Es nociva esta práctica? ¿O es el mismo perro del narcisismo con otro collar? Los teléfonos inteligentes están diseñados no para hacerle la vida mejor a las personas, están pensados para crear dependencia, no del aparato, sino del consumo y esto hay que asumirlo. Constituyen el acceso no a la privacidad de los humanos, sino a su comportamiento y necesidades, anhelos y frustraciones. Las compañías de telefonía han servido en bandeja de plata el alma de los ciudadanos a las grandes empresas que entran en nuestras vidas más de lo que imaginamos.

Lo de menos es la conducta indecente, la hemorragia de selfies en las redes sociales. La tendencia forma parte de algo más complejo, de una adicción a unas herramientas con múltiples canales para sesgar la realidad, percibir el tiempo como en una celda de aislamiento y desconocer las cosas verdaderamente importantes. Esto no quiere decir que las nuevas tecnologías no aporten cosas positivas, ofrezcan oportunidades de comunicación, aprendizaje y socialización asombrosas. No las niego, ni mucho menos demonizo, pero sí me inquietan. Sin embargo, soy partícipe de esta fiebre y muchas veces ni siquiera soy moderado.

Las imágenes dejan cicatrices. Sean del tipo que sean, se vinculan a nuestro universo individual de una u otra forma. Creo que las construcciones visuales externas tienen una propensión alta de ser incorporadas a nuestro imaginario y de alguna manera modifican la percepción posterior del universo simbólico. Claro, siempre y cuando atraigan nuestra atención, nos gusten o no, o choquemos con ellas por accidente. Su impacto depende de la capacidad para digerirlas del subconsciente y la secreta permanencia en nuestro universo es todo un misterio.

Un porciento alto de esta invasión externa es absorbida por el subconsciente y otra, aunque creemos mayor en cuanto a asimilación, es procesada por la parte activa de nuestro cerebro bajo el velo una percepción ilusoria que solemos llamar cultura. Hay una zona que todos creemos tener que sirve como tanque de depuración, pero no es cierto. Somos afectados de inmediato por nuestros prejuicios y precepción individual transformando algo que no tiene relevancia en algo sublime y algo obsceno en algo normal.

Hasta que no llegó la fotografía y su tecnología maduró socializando los productos derivados de la tecnología que la produjo, el ego y el culto a la personalidad siempre habían tenido un trasfondo político y religioso de exaltación. Las artes plásticas habían sido un instrumento de dominación, una herramienta del poder para resaltar las diferencias, apoderarse de la divinidad ya fuera para oprimir a las masas desvalidas, analfabetas y empobrecidas en la servidumbre o mostrar la grandeza y poder de comerciantes, clérigos y políticos. ¿Ha cambiado esto tanto desde la antigüedad? Me temo que no.

Por otro lado, habría que preguntarse si cuando Jean Fouquet, pintor francés del siglo XV, realiza el primer autorretrato sobre un medallón de cobre esmaltado, no se estaba rebelando contra esa sumisión a los poderes eclesiásticos que ejercían el poder político y económico. El retrato es bastante inquietante, triste y sombrío, pero es una de las primeras veces en que el artista decide ser él el objeto de representación aislándolo de todo. Hasta la fecha los retratos tanto de dioses, emperadores y césares habían dominado el espacio escultórico, pictórico y artesano. La Edad media se concentró en retratar a figuras bíblicas y minimizó la condición humana circunscribiéndola a todo lo divino hasta el punto que creo que la falta de perspectiva y el profuso simbolismo no era más que una manera de deshumanizar lo cotidiano, de privar al hombre de toda libertad para crecer y multiplicar la civilización. Por suerte esas perturbaciones de dimensión y forma del período gótico fueron superadas por artistas como Fouquet.

Muchos de los historiadores del arte señalan que la tecnología, la invención del óleo, y el acceso a mejores soportes, así como formas de conservación, permitieron las libertades que se tomaron los artistas, pero creo que el motor para se pasaran a retratos realistas, con más cuidado en la perspectiva y en los detalles y el alejamiento de los temas bíblicos se debió al Cisma de Occidente o el Gran Cisma o Cisma de Aviñón. La disputa de la autoridad pontificia, la inmoralidad y excesos de los clérigos, provocó constantes guerras poniendo en crisis la idealización de los dogmas. Si a eso agregamos las oleadas de la peste que azotaron a Europa y la constante curiosidad científica tanto de laicos como de sacerdotes y el trasiego de ideas, era de esperar una reacción en el arte.

Desde los maestros flamencos del siglo XV hasta nuestros días, en las artes visuales, el retrato ha ido cobrando cada vez más protagonismo y desplazó, en la medida que el hombre conocía más sobre sí mismo y su entorno, el interés religioso y político, por lo doméstico y mundano; dejamos de dar testimonio sobre dios y el poder, para dejar constancia de nuestra existencia y ocupamos el protagonismo que siempre habíamos estado ansiando durante siglos para desmontar la sociedad en qué vivimos y tratar de entender el sentido de nuestra existencia. Mientras le hegemonía de la pintura fomentó el ego de los artistas y el retrato, más que una copia de la realidad, era el espejo del alma, el narcisismo seguía estando limitado a los artistas, los comerciantes pudientes, políticos, aristócratas y mecenas dadivosos. Y al margen de esta relación poder-arte quedaron rabiosos testimonios de los artistas a través de sus autorretratos. En unos casos misteriosos y crípticos como los son los autorretratos de Alberto Duero y Leonardo Da Vinci; sombríos y tristes como los de Rembrandt y Caravaggio; pero también perturbadores y sádicos como los de Van Gogh, Egon Schiele, Francis Bacon y Frida Kahlo.

Pero no es hasta la irrupción de la fotografía que la domesticidad del individuo toma una relevancia de interés general. El cotilleo, el rumor y la noticia impresa, ceden paso a un arte que descansaba sobre principios físicos y químicos; un arte hasta hace muy poco estigmatizado por su capacidad de copiar y reproducir, y de destruir la unicidad y exclusividad burguesa del arte tradicional.

Desde la aparición del periódico impreso en la Inglaterra del siglo XVIII que es cuando se comienza a sistematizar el trabajo editorial y se trazan pautas de lo que hoy son los medios de comunicación, el interés por lo particular, lo social y sobre todo el individuo creció sobremanera. La fotografía y la disminución del analfabetismo dieron un acceso masivo a la información y lo que un día fue de élites cultas se convirtió de la noche en la mañana en un lucrativo negocio donde la fotografía jugó un papel decisivo en la supervivencia de la prensa impresa, pero también en la motivación del público por el suceso diario. Sin embargo, a pesar de que el viejo continente había generado el daguerrotipo, la fotografía y el cinematógrafo, el periódico y medios de impresión electromecánicos, fue en Estados Unidos, en New York dónde el Daily Graphic imprimiera la primera fotografía. Desde entonces la fotografía se volvió imprescindible para los periódicos y creó una nueva forma de contar la realidad, naciendo el periodismo fotográfico.

La tecnología siempre ha intervenido en la construcción del imaginario colectivo facilitando herramientas que han permitido explorar, para bien y mal, la conducta humana. En unos casos la documentación del día a día, el apetito creado por los medios de ir más allá de la cotidianeidad, provocó la explosión prematura del sensacionalismo; en otros casos estas herramientas sirvieron para la colonización y conquistas, dando soporte a ciencias como la filosofía y la antropología que se encargaron de cebar el terrible concepto de raza, quizás uno de los conceptos más dañinos a través del cual se han perpetrado verdaderas barbaries y que han dado pie a las teorías más descabelladas como la eugenesia, la superioridad de la raza y otros efluvios verdaderamente asquerosos que protegían, como siempre, el poder, el dinero y la dudosa civilización Occidental.

Creo que si no hubiera aparecido a principio del siglo XX las primeras cámaras fotográficas compactas la fisonomía del planeta sería otra y la globalización que padecíamos con la evolución de los medios de transporte automotriz y las comunicaciones, hubiera tomado un camino más lento donde la visión del “otro” hubiera podido depender de los grandes medios de comunicación, los estudios de cine y los centros de publicidad. La socialización de la tecnología de la fotografía permitió el acceso no solo a poder contar con más puntos de vista sobre un mismo hecho, sino, facilitó también una mirada plural de lo distinto y fue dotando a las masas de cierta sentido crítico a pesar de lo manipulables que han sido y son. Por otro lado, en paralelo a la hemorragia de medios, el fotógrafo aficionado pudo narrar su propia historia, la historia familiar; dejar constancia de los sucesos más importantes de su vida desplazando la oralidad, pero sin dañar hasta el momento la dinámica familiar para recordar y transmitir de generación en generación el legado de cada generación. Había desaparecido la hoguera y la noche estrellada, el anciano que recitaba el árbol genealógico y había aparecido el álbum familiar alimentado por varios miembros de familia.

Pero el primer autorretrato fotográfico, es decir, el primer “selfie” del que se tenga noticia data de 1839, es decir, el primer autorretrato del que hay prueba material. Lo realizó un aficionado, el Filadelfia, un químico entusiasta de la fotografía llamado Robert Cornelius. Aunque algunos discuten esta fecha y otorgan, puede que por un raro desconocimiento y celo a los estadounidenses, el crédito del primer autorretrato al fotógrafo inglés de origen sueco Oscar Rejlander. Su foto data de 1850, casi dos décadas después del aficionado de Filadelfia. Y aunque algunos argumentan que el autorretrato se hizo popular por la curiosidad y la necesidad de exploración de la tecnología, en el fondo están las pulsiones del narcisismo y esa necesidad casi ineludible de vernos en algo más que un espejo y compartir la experiencia con nuestro círculo social inmediato.

Hay aristas antropológicas más complejas en la auto-representación que van más allá de la satisfacción del ego, la medición del tiempo a través del deterioro del cuerpo y la exaltación del ser a través de ciertos rasgos de la fisonomía. La parte más compleja tiene que ver con el fetiche que ciertas personas hacen de sí mismo y está ligado a la ritualización. La auto-representación no sólo es testimonio de una parte desdoblada del ser, es indagación por cuenta propia de la existencia y sirve de marco referencial para las transformaciones a las que estamos dispuestos a someternos para cambiar de aspecto y decidir quién queremos ser o a quién queremos representar en la vida real. Esta zona de la autodocumentación para la creación de un sujeto a medida y semejanza de las aspiraciones del ego es compleja, porque no sólo responde a la pulsión innata de nuestro narcisismo, sino que forma parte de una instrumentación mediática que exalta el culto a la imagen personal a través del cuerpo y que fomenta una competencia atroz generando una alienación colectiva de la que es difícil salir. La narrativa del éxito se ha convertido en la zanahoria que guía a las masas y que las mueve hacia un mundo que sólo existe en la imaginación colectiva de los medios de comunicación. Vivimos una falacia colectiva no porque no las hayan impuesto, sino porque hemos ayudado a construirla y no aceptamos que la realidad es un vértigo constante, un riesgo total, una incertidumbre sombría. Por eso nos intoxicamos con un falso combustible para esa gran carrera hacia el éxito que se llama narcisismo y dejamos constancia de momentos donde sólo hay felicidad, donde solo dejamos ver los que nos reconforta y hace sentir bien. El selfie es una manera de mostrar el alma, pero también es una manera de ocultarla de los demás y mentir sobre nuestra miserable existencia. Pero es la única manera que tenemos de retratarnos a nosotros mismos como si los ojos, de quien hace el autorretrato, fuera los ojos de otro, otro fabricado a la imagen y semejanza de ese que aspiramos o queremos ser.

El machismo obtuso que utilizó la publicidad sirvió para propagar las cámaras compactas, los anuncios de las Kodak Brownie son deplorables pero dieron resultado. Si cualquier chico y hasta una chica podían tomar fotos, todos podíamos hacer fotografías. “Operated by any school boy or girl”, dio resultados inesperados. Y aparecieron muchos autorretratos anónimos con la ayuda del espejo sobre todo de mujeres. La historia de la fotografía por desgracia sólo ha dado testimonio de la existencia de muchas fotógrafas profesionales, pero muy pocos se han encargado de indagar en la particular visión de estas pioneras. Mujeres que no sólo se dedicaban a fotografía profesionalmente, sino que hicieron de todo lo relacionado con la novedosa tecnología un medio de vida y aportaron varias técnicas como la estereografía creada por Hilda Sjölin (1835-1915) o Frances Benjamin Johnston (1864-1952), la primera fotorreportera freelance que se atrevió a narrar con su trabajo la segregación de las razas en los colegios de Washintong D.C. dejando un retrato esencial y duro de lo que eran los Estados Unidos.

Aunque el selfie no sea más que una fotografía tomada por uno mismo realizado con un smartphone sigue siendo un autorretrato. Su origen se remonta a 2002 al ser usado en un foro australiano de Internet. Un hombre tomó fotos de sí mismo para mostrar las heridas causadas por una caída y se disculpaba por la calidad aduciendo que no era porque estuviera borracho, sino porque era un selfie. ¿Mala ortografía del australiano?, ¿un error de escritura? Ni idea, lo cierto es que inglés en todas sus variantes produce 150 millones de palabras nuevas cada mes y fue esta, esta palabra la que caló en las redes sociales y recibió la total bendición para definir el autorretrato que diseminamos en la Red, sea individual o acompañados. Aunque los abanderados del fenómeno fueron los adolescentes, nadie ha escapado a la tentación. Como curiosidad, el primer “selfie” adolescente lo realizó la duquesa  Anastasia Nikoláyevna de Rusia en 1914 con apenas 13 años delante de un espejo. La fotografía que se conserva en muy buen estado fue enviada por correo junto a una carta a una muy buena amiga. Más tarde en 1920 cinco trabajadores de la compañía neoyorquina Byron se fotografiaron a sí mismos, eran fotógrafos profesionales.

No creo que la tecnología nos deshumaniza, ni manipula la humanidad, demonizarla y ver en ella un lastre hacia el futuro es una estupidez. No voy a entrar en disputa con las espurias bases que sentó la filosofía de Martin Heidegger porque tratar de distinguir tecnología de la esencia de la tecnología es un extravío. Además, se me revuelve el estómago cada vez que veo enfoques arqueologizantes, es nostalgia eurocentrista por recuperar el “idilio” de la techné sobre unas frágiles bases éticas y sociales que apuntan a una ecología racista, gregaria y estúpida. Es decir, esas ansias por volver a no sé dónde diablos y que limita la capacidad creativa y tecnológica humana no va conmigo. Siempre habrán efectos negativos, usos malsanos y distorsiones incomprensibles de la tecnología, pero cada vez más la necesitamos para solucionar muchos problemas. Pero tengo que reconocer que la idea de que la casualidad ayuda a conocer mejor la tecnología, ya que siempre aporta algo más es bastante acertada y es dónde único coincido con Heidegger ya que en es esa zona de incertidumbre donde ocurren increíbles hallazgos y lo que había sido creado para un fin deriva en una nueva aplicación.

Todas estas reflexiones nos llevan a una redefinición del sujeto y su vínculo con las comunidades. Prefiero no llamarlas virtuales, ya que el trasiego entre comunidad virtual y física es constante y casi una necesidad de las redes sociales de que haya un espacio más de suceso que de encuentro, donde lo virtual pueda desarrollar un discurso autónomo a pesar de tener como punto de partida la realidad.  Otro elemento que no hay que descartar es la ausencia ya que los selfies son la señal más clara de lo que no se quiere mostrar, lo que nos negamos a ver y se vuelve una actividad de marginación sistemática de la realidad signada por la comunicación inmediata donde todo, absolutamente todo es viejo minuto a minuto donde la exposición de la privacidad es exponencial y arroja problemas complejos a la dinámica de grupos, las relaciones interpersonales, la definición del espacio personal, la originalidad y la experiencia.

Hay idiotas, tengo que utilizar esta palabra porque es la única que los define, que creen que hay un manual de buen uso del selfie. Pero esto irrita sobremanera cuando estas sandeces aparecen en “importantes” publicaciones periódicas tratando a las personas como subnormales y tratando de reglar la conducta individual. Y se leen frase como estas: “el selfie por el selfie empieza a ser tontería” y el despropósito sigue con una comparación de la foto mal encuadrada de unas vacaciones en Almería con La caída de un miliciano de Robert Capa. A alguien le puede parecer grotesco hacerse selfies en funerales, al acabar de follar, sí, follar, no hacer el amor, incluso en los campos de concentración y monumentos al holocausto. Esa sacralidad de ciertos símbolos, esa intolerancia a la visión e interpretación de otros, no hace más que alimentar el ego de los “provocadores” y que se extienda el fuego por la frágiles ramas de la moral y la decencia desencadenando polémicas que derivan en actitudes extremas y que reflejan el rostro de las sociedades que no son para nada tolerantes, ni mucho menos civilizadas. Creo que somos unos verdaderos energúmenos con herramientas a las cuales se les podría sacar mejor provecho y reconducir ciertas prácticas a territorios más fértiles que ayuden a un mejor conocimiento de nosotros mismos. Pero todo tiene una connotación, a todo se le puede sacar provecho mediático y el respeto por el otro, nosotros mismos, se pierde en la rabia religiosa y política. Lo lamentable de todo es que alguien siempre termina cediendo a las presiones de los intolerantes y deja que la censura plague ciertos espacios. Al parecer, “no todos los selfies son iguales a los ojos de Dios” y por eso ciertos medios cargan contra la libertad individual reduciendo la práctica cotidiana del selfie a una mierda que si no eres famoso y tienes relevancia mediática es mejor que no lo hagas porque además de asco intrascendente te puede caer todo el peso de la ley si hieres la sensibilidad no de tu vecino, sino de algún político, grupo de presión o figura mediática de influencia.

No es una novedad de que las modas surgen, se expanden y se apagan al surgir otras nuevas, pero algunas sólo permutan, se transforman de tal manera de que terminan infiltrándose en el comportamiento social colectivo y son asimiladas por casi todos los estratos de la sociedad. Desde la misma aparición del teléfono móvil y la aceleración de los procesos de movilidad, la tendencia de registro y divulgación dejó de ser algo exclusivo de los medios de comunicación. Esta descentralización fue gracias a la expansión de las disímiles plataformas electrónicas que permiten una interacción en tiempo real. Twitter, Instagram, Flickr, Facebook, por sólo citar algunas, entendieron que la globalización había pasado a otro nivel. Los tiempos del fax, el correo electrónico y el chat se han vuelto historia historia, ahora las infraestructuras de telecomunicaciones permiten la entrada al juego a las aplicaciones móviles y la industria tecnológica ha visto una gran oportunidad de sacar provecho convirtiendo al teléfono, móvil, basado en la tecnología celular, en el multidispositivo completo jamás soñado. Toda esta conjunción de elementos, que desató una carrera ciega en la industria de la electrónica,  la telefonía y las ciencias informáticas, facilitó la creación de objetos de deseo que atentaban contra las prácticas habituales de socialización, saboteaban el proceso convencional de enseñanza y ponían en peligro, por la pérdida de atención, la vida de conductores y transeúntes; además han comenzado a surgir patologías asociadas a la dependencia y uso abusivo de la tecnología que se encuentran en estudio.

Como siempre, algo que parecía revolucionar la sociedad y facilitar los procesos de interacción sociales corrientes y los corporativos, se convirtió en un problema que además de poner en riesgo la privacidad, socavaba las convenciones sociales conocidas y nos obligaba a reestructurar la conducta. De repente una simple reunión de amigos se convertía en algo peligroso, una reunión de trabajo se convertía en una fuente de material reutilizable para probar un atropello o burlarse del jefe. Parecía que el mundo había cambiado de la noche a la mañana y que nadie estaba a salvo ni en su propia casa. Pero esto, que puede parecer apocalíptico, no lo es, simplemente aparecieron herramientas para contar en tiempo real lo que siempre había formado parte de la vida del hombre. Con los medios tradicionales utilizar su información para recontextualizarla, antes de Internet era difícil y con la aparición de Internet el juego de poder por llegar a más y más segmentos se convirtió en otra guerra ya que no sólo Napster puso en crisis a la industria discográfica, sino que anónimas voces, a través de foros y blogs, comenzaron a llamar la atención del público y a desplazar el poder de los medios tradicionales, que por cierto se resistieron bastante en posicionarse en el mundo digital. El proceso de obtener información, digitalizarla y diseminarla, en los primeros tiempos, requería de ciertos conocimientos, también de acceso a Internet y de tiempo, por lo que manejar información de terceros implicaba cierta demora y su impacto dependía de la audiencia que tuviera el internauta.

Con la evolución de las herramientas y su facilidad de uso, así como con los adelantos de las aplicaciones móviles, más la planetaria red de telefonía celular, ocurrió una verdadera revolución que ha hecho que nos replanteemos la sociedad de la información desde enfoques muy distintos a los que teníamos a principio de siglo cuando nadie creía que el libro estuviera amenazado, ni que fueran a desaparecer tantos medios de comunicación, ni a nadie se le ocurriera de que se podría boicotear gobiernos y eludir la censura con teléfonos móviles. Para algunos puede que parezca un caos, pero es un caos necesario de descentralización de la información y desgeolocalización de las ideas; es una especie de mestizaje de tecnología y prácticas sociales que tiene sus riesgos. Estas revoluciones tecnológicas siempre tienen un lado negativo ya que también sirven para cambiar el foco de atención pública, modificar la opinión de las ciudadanos, limitar su visión del mundo y crear necesidades que no resuelven problemas cruciales, sino que se traducen en beneficios de mercado. El verdadero poder no es el que reside en el gobierno, el verdadero poder reside en quienes controlan el dinero para que la masa se comporte de manera predecible. Por eso es que, aunque seamos unos adictos a la tecnología y hagamos uso de las “infinitas bondades” de las redes sociales, hay que tener una actitud crítica y dosificar esa explotación sin perder de vista que la realidad está ahí, que junto al discurso electrónico cobra otra dimensión y que un “like” o “share” pueden tener un efecto y resultados encantadores para el ego, el reconocimiento social, pero también pueden tener efectos devastadores individual y colectivamente. Pero no creo que la explosión tecnológica sea una consecuencia del olvido del ser, ni tampoco es la tecnología la que determina la conducta de los sujetos.

El problema fundamental con el uso de la tecnología se debe a la percepción de esta. La percepción es la que determina el uso y acelera su diseminación. No es una interpretación personal, ya que cada usuario hace una interpretación de acuerdo a sus conocimientos técnicos y no determina tanto como la opinión colectiva que es, la que en el fondo, valida a la tecnología. El uso intensivo sin actitud crítica depende de la confianza y esta confianza la genera la comunidad. Dicha percepción es más menos positiva en la medida que los incidentes de seguridad son mínimos, es decir, la estadística de daños determina el éxito de cualquier tecnología. Esto nos lleva a cometer varios errores, el primero es no someter a duda algo tan nuevo; el segundo error, y más corriente, damos por hecho que tiene que ser beneficioso y útil. Este exceso de confianza se debe a la novedad que cataliza el deseo de tenencia y al mimetismo inconsciente que padecemos ante la fuerza de persuasión de figuras mediáticas. Si todos usan esta tecnología es por algo y si los famosos la tiene por qué no yo también. La necesidad de estar a la última, crear tendencias, dejar de ser anónimo y ser famosos nos lleva a pensar que la tecnología ha estado ahí siempre, que funciona de maravilla y que es adecuada para nuestros fines mediáticos. Pero no es así.

La mensajería instantánea surge en 1997 con el AOL Instant Messenger y desató una carrera que casi eclipsa al correo electrónico. Friendster y MySpace sobreviven a la crisis de las .com y comienzan a explorar la socialización electrónica hasta que en 2004 aparece Facebook y en el 2006 Twitter inaugurando el universo del microblogging. La evolución y uso de las tecnologías que permite socializar ha sido tan rápida que sólo hemos podido percibir su evolución por el uso y la diseminación de la mismas, no por sus estructura y capacidad de construir relaciones, influir en determinados colectivos y generar sinergias con el mundo real que han derivado en tendencias que subvierten la forma de interpretar la libertad, la moral y la ética. Hemos pasado de la asimilación crítica a la asimilación intuitiva y sus efectos los comenzamos a notar en la medida que las redes sociales alteran el universo real en que vivimos.

Aunque los detractores de la tecnología social la consideran catalizador de la inconformidad y vías intangibles para la rebelión, no se equivocan, pero es obvio que todo recurso al alcance de las masas es susceptible de convertirse en un volcán de odio, rencor y violencia, donde la intolerancia desborda y muchos rasgos, disueltos en el anonimato, de la realidad aparecen dibujándose un panorama caótico, difícil de tratar. No es comparable con la energía atómica y sus consecuencias nefastas, pero los lados oscuros de las redes sociales han comenzado a preocupar a la sociedad. Para colmo, la adicción a las mismas y el abuso de ellas plantean no sólo la búsqueda de soluciones terapéuticas, sino de una revisión de su uso para una mejor asimilación de las mismas. Ni censura, ni prohibiciones, ni leyes obtusas, ni manuales de uso van a arreglar el uso de las redes sociales. Considero que son tecnologías vitales y que formarán parte de nuestra vida en lo adelante, por lo cual hay que reconducirlas, integrarlas a la educación, configurarlas en el universo doméstico, profesional, en fin, asimilarlas de la mejor manera con una actitud crítica que contenga el riesgo. No hay por qué tener miedo a que las formas tradicionales de comunicación desaparezcan, porque estas no desaparecerán por buen tiempo. Pero si hay que entender de que hay que coexistir con formas nuevas que evitan el contacto físico, que facilitan el enmascaramiento, la sustitución de identidades. No hay que ser ingenuos, en la vida real también mentimos, fingimos ser otros, se sustituyen identidades, se miente; la tecnología lo único que hace es facilitar esta actividad y crear distancia, por lo cual toda demonización es una actitud que no propicia un acercamiento acertado al uso y explotación de tecnologías inmaduras que se reconfiguran en la media que los usuarios las exploran.

El selfie ha llegado para quedarse y formará parte del lenguaje social que se complejiza con la aparición de diferentes tecnologías y habrá que replantearse conceptos como el de propiedad, privacidad, comunidad y geografía. Estoy seguro de que se legislará mucho, de que aparecerán censores, de que se espiará más de la cuenta, que se someterá a una vigilancia intensiva la actividad en Internet, pero nada de esto, que en parte es necesario para la prevención del crimen, evitará que los seres humanos utilicemos la tecnología no sólo para dar testimonio de nuestra existencia y del cambio de los tiempos, sino también para rebelarlos contra el poder mediático, buscar alternativas de rebelión y de crítica que ayuden a construir una sociedad civil de mayor alcance y persistencia social. Y aunque el mercado mueva sus hilos para controlar las pulsiones del deseo, aunque nos encadenen a nuevos productos y servicios, se cree dependencia de ellos y crean que nos controlan, siempre habrá herejía, alternativa y ojos críticos que conviertan los intentos de dominación en un boomerang que ponga en crisis el sistema y ayude a darle un nuevo sentido a la tecnología. Aunque nos saturemos de información y mucho de los esencial sucumba ante lo mediocre y fútil, los seres humanos nunca hemos dejado de luchar contra el olvido transformando constantemente el lenguaje y los medios tecnológicos a los que tenemos acceso porque el mundo nunca dejará de parecerse ese gran almacén de existencias donde siempre hay novedad, miedo, violencia, fragilidad, vida y encanto.

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