La pornografía: una mirada sin estigma Razones de fondo

La pornografía y yo

Confieso que mi primer contacto con la pornografía fue tardío, todavía tenía unas oscuras ideas sobre el sexo y lo más erótico que había visto, fuera de las piernas y las boquitas pintadas de las colegialas, era un extraño dibujo del cuerpo humano y de los órganos genitales, que a las luces de estos días sigo sin entender. Todavía hoy abro el libro de biología de sexto grado y los tópicos relativos al apareamiento y a la reproducción no dejan de superar cualquier tratado misterioso sobre el sexo del medioevo para ciegos y mancos.

Con una visión nada práctica y unos conocimientos anatómicos aprendidos con la masturbación y el baño, a punto de terminar el bachillerato, llegó a mis manos un juego de cartas que junto a una cadenita formaban un llavero (ahora comprendo la connotación simbólica de la suma de ambos objetos) que en la época del trasiego de obreros, funcionarios y militares hacia la RDA (ahora inexistente República Democrática Alemana) se hicieron común en los bolsillos de los jóvenes. No tengo que cerrar los ojos para ver aquellas bocas que devoraban los enormes penes, los clítoris bien nítidos, los glandes entrando y saliendo de los agujeros más insospechados del cuerpo humano. Aún perdura en mi memoria el shock ante la calidad de las fotografías y de las cópulas, así como de todas las actividades pre y poscoitales que ocultaban la pose y el sentido real del sexo explícito: doparte con el placer de manera extrema, creándote un habito con tintes de adicción. La “paja”, porque masturbación a estas alturas es un eufemismo, fue violenta, hecha con premeditación, alevosía y algo del recuerdo de las piernas de una compañera de aula. Unos días después de pasar por mis manos perdió su ciclo normal de rotación secreta y terminó en manos de una profesora que creyó, al parecer sabía mucho sobre sexo, era un atentado a la ideología revolucionaria.

Precisamente esta tirantez conservadora, ese desconocimiento brutal de nuestro sexo es lo que nos conduce a confundir los tenues límites entre sexualidad, erotismo y pornografía. Mi formación es cristiana, pero no simpatizo con la abstinencia de nuestro dios hecho hombre, ni el tratamiento pecaminoso que se le da a todo lo relacionado con el sexo cuyo único fin es procrear. Que me perdonen los teólogos y los feligreses más devotos, pero eso sabe a mierda, a negación de una parte de nuestra naturaleza que nos arrastra (Freud debe estar gozando de lo lindo con esto) a las oscuras, pero deliciosas, lagunas del placer donde las aguas unas veces están turbias y otras veces llevan la pureza de la transparencia. Parte con la cual debemos aprender a convivir y con la que muchísimas culturas de la humanidad han han tenido que lidiar.

La curiosidad y el terror a ser descubierto consumiendo cualquier material pornográfico me llevó a buscar gratificación no sólo con mis novias, sino también en las pinacotecas y en las fotos más sensuales que aparecían en algunas revistas de la época. Pasaron varios años antes de que llegaran a mi vídeos y revistas pornográficas. La rectitud y moralidad “revolucionarias” fueron el muro de contención que mantenía a raya la importación de material “obsceno” y la producción local, por aquella época era impensable. Supongo que esa espera me despertó agudeza erótica y abrió el apetito por todo lo relativo al cuerpo. Las principales fuentes fueron los libros de anatomía y obrar de arte, reproducciones, a las que podía acceder en la bibliotecas. Mientras más hurgaba en el en la sensualidad y el erotismo del arte menos entendía sobre sexo y más me inquietaba como adolescente.

Uno de estos primeros deliciosos descubrimientos fue un fragmento de la Capilla Sixtina, para ser más exactos la interpretación de la creación de la mujer. Me llenaba de regocijo que Miguel Ángel no hubiera llenado de ramas el sexo de sus protagonistas, pero más que la mostración me inquietaba aquel Adán andrógino que duerme bajo la sombra de un árbol talado mientras el Creador saca de sus costillas a una Eva voluptuosa y rellenita. Más que una creación me parecía y sigue pareciendo un rapto, el Altísimo perdiendo la cabeza y dejando a Adán sin costilla y sin mujer, también sin árbol rodeado de ángeles fisgones a punto de saltar sobre ellos. Hay un segundo cuadro cuya magnífica reproducción me obligó a masturbarme, es una obra de un tal Jan Matsys que reproduce la seducción de Lot por sus dos hijas, tema recurrente que linda lo obsesivo en las “sagradas escrituras”. La primera, con los pechos macizos afuera abraza a su afligido padre, la otra, mientras ofrece vino y frutas, mira lascivamente la desnudez de su hermana. Al principio no entendía su contenido bíblico y más tarde bajo la catequesis padecí una culpa que se fue aliviando en la medida que me alejé de Iglesia. Por último tuve la oportunidad de ver el pastel “Tres bañistas” de Picasso que todavía perdura en mi memoria y que es una especie de variación menos sexista de “Las tres gracias”, pero cuidado que su carga erótica no está en los cuerpos de estibadores de las mujeres, sino en las miradas provocativas y deliciosamente obscenas que logró con la composición.  Este secreto encuentro con las artes plásticas ayudó a llevar mi interés por el cuerpo y su lenguaje en casi una obsesión, pero sobre todo ayudó a revelarme contra la censura, la imbecilidad, el dogmatismo y los menstruos de falsa moral que mancha esa camisas de fuerza invisible que somete a la libertad.

 

La rara y honesta marea del pasado

Antes que Occidente introdujera el sexo como perversión y pecado, lo convirtiera en séptico elemento de procreación y le agregara el componente de la culpa, ya el mundo de la América Precolombina, África y el lejano Oriente llevaban siglos de una libertad sexual y un entendimiento del placer más luminoso que pasaba por los filtros del arte, la religión y la política, amplificándose su sentido simbólico, yendo más allá del reflejo del folklore. Un ejemplo claro en medio de un país, aparentemente cerrado, y resistente a ser penetrado por otras culturas, es Japón.

El arte erótico japonés padece una estilización capaz de mezclar la pureza y el refinamiento de la línea con una descripción, desesperadamente realista, del acto sexual donde el protagonista mayor es la definición anatómica de los genitales y la descripción del orgasmo masculino. Las obras respiran una voluptuosidad que se sobrepone como una transparencia a los estratos sociales donde geishas, nobles, guerreros y campesinos pululan en el espacio del deseo con una libertad singular. A esto hay que añadir que lo que parece mera decoración es símbolo y lo que sugiere una vulgar realidad no es más que el ardid para explorar los plurales senderos del placer.

Antropológicamente la producción artística erótica japonesa está asociada, como en casi todas las culturas, a la mitología. La diferencia esencial del erotismo japonés es que no está asociada directamente con la fertilidad, sino con el poder y el placer, además de tener una profunda esencia sintoísta que reafirma el equilibrio entre el hombre y la naturaleza. El pene gigante es un símbolo y a la vez un medio de reafirmación de la capacidad creadora del hombre legada por sus ancestros celestiales.

La preponderancia del falo y la copiosa muestra de cópulas entre hombres nos hablan de la homosexualidad, incluso en la actividad lésbica la presencia del consolador de la época, el “harigata”, es muy frecuente. Pero la homosexualidad, aunque no tenía una aprobación social no era un estigma, ni un mal, ni nada pecaminoso. Incluso, las crónicas de Kumadori Shunjin describen la homosexualidad entre los samurais como un proceso de autoconcimiento del cuerpo y de preparación sexual previa antes de entregarse en actos amatorios con una mujer, una especie de reconciliación con su compañero de guerra antes de cambiar el objeto del deseo de la muerte por el sexo. Por otro lado la vida cortesana influyó notablemente en el comportamiento sexual del Japón antiguo. El emperador, sus concubinas y su séquito protagonizaban una carrera incestuosa y libertaria de consanguinidad para mantenerse en el poder y esto resultaba venerable y paradigmático.

Sin embargo mucho más que el samurai gay y la geisha despampanante, acelerados tópicos que saturan el cine y la literatura, hay una figura inusual que puede parecer escandalosa dentro de la saga erótica japonesa: el monje. Sobran los textos escritos y los que perduran en la tradición oral de esta figura imantadora y dual, una mezcla de ángel y demonio capaz de seducir no sólo a sus acólitos, sino también a vírgenes nobles, doncellas encantadoras y hombres del más distinto estrato social. Esta figura encarna el poder celestial y el terrenal. Además de erotizar la libertad es un secreto arquetipo de divinidad, de semidiós cuyas leyes terrenales no se ajustan a su calidad de “príncipe”.

Lo más y menos explícito convivía de una manera natural sin afectar los valores éticos y morales más sustentados en el valor, la disciplina, el respeto y el honor que en las prácticas e inclinaciones sexuales de los individuos de antiguo Japón. Cuando veo las ilustraciones, los dibujos, los grabados y la cerámica donde vulvas y falos, violaciones y orgías conviven de una manera tan sincera no puedo hacer más que escandalizarme con aquellos que ven en el sexo la culpa y el pecado, reduciendo el deseo a algo oculto que mide parte de los valores humanos de las personas.

Quizás los referentes relativos al sexo de manera “escandalosa” se deben a la exaltación de los delirios sexuales de la cultura grecolatina. El mundo pre-cristiano está lleno de autores que nos mostraron a una Grecia y una Roma sumergidas en los placeres sibaritas que iban más allá de la leyenda y el mito creando así una visión ficcional, casi turística, con el que se estigmatizaron las costumbres sexuales de estos pueblos. Lamentablemente todavía hoy se conecta homosexualidad masculina y lesbianismo, perdonen esta acotación casi ultrafeminista, con estas culturas. Esta visión errónea no hace más que alejarnos de un entendimiento culturológico más claro que nos permita indagar en la construcción del objeto del deseo, su mostración y prácticas sexuales donde sexualidad y erotismo están profundamente emparentados.

Alrededor de la sodomización y gomorrización de la cultura grecolatina hay un elemento que muchas veces es soslayado y es el de la seducción, así como la sublimación y refinamientos del placer hacia caminos pasionales que se cruzan con el mito, la leyenda e ineludiblemente con la tragedia. Pero la expresión de este pensamiento erótico y prácticas amatorias no sólo se encuentra en una literatura incompleta y desaparecida sino que trasciende también a a la arquitectura, la escultura, la pintura y hasta la artesanía.

En la antigua Grecia no se puede entender la producción artística, donde el desnudo y la exaltación de la perfección física son constantes, sin revisar algunas coordenadas de la “paideia” griega: donde el proceso de formación civil y la superación de la adolescencia forman un crisol moral, ético, político y religioso. Es sumamente interesante observar que las prácticas homosexuales no eran frecuentes entre personas de edades similares, la tradición apunta a relaciones entre personas maduras y adolescentes donde lo iniciativo supera la simple relación carnal. Claro, el amor platónico y el carnal formaban un significante que alumbraba la adultez y el conocimiento profundo de lo amatorio.

La geisha griega está representada en la hetaira y, aunque la mujer no tenía derechos cívicos, en el mundo de la intimidad desarrollaba su poder donde el poder político era sustituido por el poder erótico influyendo notablemente de una manera oblicua en el “mundo de los hombres”. Aunque el estatus servil estaba institucionalizado los vasos comunicantes de la vida íntima y sexual alcanzaban las zonas del poder. El sexo resultó ser un arma para canalizar la incapacidad política legal de las mujeres, cuestión que es heredada a nivel de escándalo de estado por la Roma imperial.

Mirando el devenir de la historia me resisto a entender el sexo y la prostitución como degradaciones sociales. En muchas ocasiones estas expresiones han servido para manifestar inconformidad y rebelión y suelen ser los espejos más crudos de cualquier estado. Aunque medie el dinero siempre y cuando la expresión sea voluntaria y libre, el sexo debe ser compartido y estar al alcance de todos como un alimento más. Pero cuando es fabricado el placer sobre la bases del tráfico humano, la explotación de menores, con coerción, extorsión y miedo, es cuando se vuelve cuestionable. Sociológicamente hablando, desde perspectivas falsamente marxistas o una derecha extrema, la prostitución suelen conectarla con la decadencia de un estado político. Pero esto es una valoración simplista ya que si analizado la construcción del universo de las hetairas y su trascendencia institucional podemos ver que a lo largo de todas las épocas, además de existir la actividad, ha existido paralelo a la distorsión de la marginalidad una sublimación y estilización del discurso sexual humano. La obscenidad es un concepto de degradación y estigma que obvia el comportamiento recurrente sobre fuerzas telúricas de una necesidad humana: conectarse con el placer infinito entre el cuerpo y el espíritu.

El voyeur, el incesto, el sexo compartido, la orgía, los objetos sexuales, el fetiche sexual, la plasmación del sexo explícito, los manuales de poses y técnicas amatorias, la zoofilia y otras tantas manifestaciones de la capacidad creativa en materia de sexualidad del género humano, no son más estilizaciones renovadas por la modernidad y degeneradas, reducidas a lo marginal, por la guerra de los sexos y las variaciones censuradoras que la cristianización impulsó con mucho más empeño que otras religiones.

Frisos, baños, simples casas, palacios, ánforas y esculturas grecolatinas nos muestran dioses, semidioses, héroes, filósofos y soldados, esposas, hetairas y cortesanas entregados a una liberación sexual que ojos pacatos pueden ver como un arte obsceno. Pero estas obras son la prueba irrefutable de civilizaciones menos castradoras, represivas y reaccionarias que las de ahora. Reyes, emperadores, poetas, soldados, campesinos y esclavos eran diferentes socialmente, pero iguales en el sexo y en la muerte.

 

Un paseo por el cine porno

Cuando la linterna mágica llevó su luz a las salas parisinas en 1895 y el invento comenzó a difundirse, ocurrió lo mismo que con la fotografía. Había que mostrar los encantos del cuerpo y penetrar en esa intimidad deliciosa de la sexualidad. Así que no poco demoraron las rudimentarias cámaras para comenzar a captar primero la desnudez, luego la sexualidad y después cuanta fantasía por extrema que fuera.

Las primeras películas pornográficas son llamadas por algunos “erotico-festivas”, stag-movies o escenas de déshabillage cuyo contenido principal eran escenas de señoritas desnudándose en sus aposentos o en el cuarto de baño. Lo más gracioso de todo es que donde se hicieron más populares fue en las altas clases sociales de Francia. Para que se tenga una idea de la magnitud de la producción, a pesar de su circuito de élite, las mismas se distribuían en los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y la propia Francia. Su producción era una zona silenciosa y discreta de las grandes productoras como Gaumont y Pathé, pero también era una afición de las clases más pudientes, un divertimento que pronto comenzó a escandalizar la sociedad de la época y que gracias a la autocensura de las grandes productoras llegó a los más pobres quienes de manera clandestina comenzaron a producir innumerables filmes porno de la era silente donde las escenas explícitas de sexo eran cada vez más fuertes, complicadas y extremas. La creatividad de diseño, la representación de mitos clásicos, la escenificación de raptos, violaciones, sometimientos y torturas se habían trasladado de la fotografía al cine aumentando las cuotas de placer y dejando bien claro las múltiples aristas de la sexualidad humana.

Las primeras películas pornográficas que constata la historiografía son tres piezas encargadas por el Rey Alfonso XIII a los hermanos Baños para deleite de los acólitos y cortesanos más allegados al monarca. Las actrices solían ser prostitutas y los actores aristócratas, militares de rango y personajes de la alta burguesía que ocultaban su identidad tras máscaras, pelucas, disfraces bizarros y antifaces. La posesión y dominio del otro no es una manifestación humillante, sino una representación conductual de sujeto sexual donde el poder se lo alternan los géneros y en ocasiones es compartido por géneros diferentes ante la posesión del cuerpo de otro. Esta pasión por el más puro y descarnado “eros” tenía un origen: el dibujo. Si la literatura la pintura y la escultura habían coqueteado con la materia corporal, enmascarado la sensualidad y el deseo a través de una iconografía plural que va desde lo simbólico hasta lo literal, el dibujo con el paso de los siglos fue la forma más eficiente de hablar de las bajas pasiones a través de un elemento poco citado por los conocedores: la caricatura. Revistas, folletines y libelos pluripintos con las escenas eróticas más fuertes que la pornografía contemporánea circularon por los siglos hasta llegar a su mas alta expresión con los avances en materia de impresión durante el siglo XVIII y XIX. por lo que cuando le llega el turno a la fotografía ya había una tradición subversiva de mostración. Esta rebelión sexual siempre ha sido síntoma de reacción contra el orden instituido donde hay una prédica subterránea difícil de entender que es la igualdad de todos los hombres. El mundo que el puritanismo detesta no es más que el mundo real, la verdad, que la pornografía quería asegurar con su discurso.

La fotografía francesa porno, que es la de mayor trascendencia, le debe mucho a los caricaturistas ingleses de los siglos XIV y XIX. Los aportes compositivos, la selección temática y el manejo de lo teatral. Los dibujantes ingleses de la documentación de la vida palaciega, cotidiana y religiosa pasaron hacia un desmontaje sociológico de la realidad epocal que se hacía cada vez más ácido y grotezco, dándole cabida a las costumbres y conductas sexuales más escandalosas. Clérigos viciosos, familias incestuosas, nobles orgiásticos y fantasías que incluían lo divino mezclado con lo profano, son el resultado de una expresión crítica que dan testimonio de una realidad muchas veces mejor que gruesos tomos de historia. Quizás el más conocido de estos ilustradores ingleses es Thomas Rowlandson (1757-1827)  y también uno de los más censurados por la libertad brutal de sus imágenes.

Los erotómanos y la historiografía tiene que agradecerle mucho al coleccionista Richard Merking quien logró recopilar fotografías de una calidad increíble de finales del siglo XIX y principios de XX que son una prueba inequívoca de que la pornografía desde sus inicios había creado su taxonomía. En la edición del libro Velvet Eden donde se publicara una selección de 150 fotografías porno, podemos pasear por casi todas las categorías porno. Lesbianas, parejas hetero, sadomaso, fetiche, lencería, zoofilia, uniformes, disfraces, etc… Gracias a la fotografía y sobre todo a la reproducción masiva de postales de pequeño formato, las clases más desmejoradas pudieron acceder a al consumo de la pornografía.

Por lo reciente del invento y sus costo de producción, era obvio que la pornografía cinematográfica fuera consumida por los sectores sociales de clase media y alta, no estaba dirigida específicamente a los hombres, sino a un público selecto con ciertas actitudes libertarias que los distinguía. Pero las normas sociales regidas por la cristianización, la mala comprensión de la sexualidad y la censura extrema sobre el nuevo arte, llevaron a zonas marginales una forma de expresión que más tarde sería casi exclusividad de los hombres y objeto de lucro ineludible. En la medida que el cinematógrafo se expandió las proyecciones porno dejaron de ser cada vez más de élite y comenzaron a llegar a las improvisadas salas de los barrios obreros y el mismo campo.

Parecerá un chiste, pero posiblemente las primeras películas más “duras” porno que se hayan rodado en el mundo son las llamadas de Sachsenwald por la localidad donde se rodaron. Pura pornografía hecha por los nazis y sacada a la luz por el novelista alemán Thor Kunkel, quien no sólo logró encontrar algunas de estas piezas, sino también encontró a algunos de sus protagonistas. Los filmes se rodaron en 1941. Los actores eran miembros de la asociación naturista Bund für Leibeszucht (Asociación para el Cultivo del Cuerpo) y se les pagó unos 220 marcos, bastante dinero para la época, a cada uno. Los productores eran civiles contratados por los nazis. Fritz Hippler, el antiguo intendente de cinematografía del Reich, señala que es muy probable que la idea proviniera de la clase alta del nacionalsocialismo, tal vez incluso a la Sociedad Hedonista Swing. integrada por miembros de la nobleza, artistas famosos, deportistas y actores, insinuando que quizás el ministro Goebbels hubiera estado detrás de todo esto. La función de estos filmes era netamente comercial, la Alemania nazi los intercambiaría por petróleo y acero para su industria militar. Los indicios apuntan hacia la compañía minera sueca LKAB aunque no existe material documental que pruebe tal transacción, pero sí evidencias que constatan que en 1942 en algunos establecimientos de esta empresa se proyectaron los filmes porno de Sachsenwald.

Thor Kunkel siguió una pista hasta el norte de Africa, al Mineralölkommandos (comando petrolífero) del Afrika-Korps. Las películas de Sachsenwald, igual que las postales de desnudos, eran unos objetos de intercambio muy bien cotizados entre los beréberes. El homoerotismo, la sensualidad y el cuerpo como símbolos de poder no eran cifras negadas por la cinematografía oficial nazi, simplemente, si vemos filmes como Olympia, había un discurso velado que hablaba de la naturaleza humana de los alemanes y eran el espejo de las represiones institucionales y privadas.

La producción hasta después de la segunda guerra mundial se hacía cada vez más informal, más subterránea. Una moralidad paralizadora explotó a uno y otro lado del Atlántico, religiones y estados cada vez más censuraban todo lo que tuviera que ver con el sexo, su aprendizaje, su conocimiento y como era de esperar, todo lo que hiciera el más mínimo guiño a la pornografía. Es curioso los intentos de los estados por persuadir, purificar y llevar un falso mensaje puritano de conducta sexual. Una muestra de ello el filme que John Ford realizara para el gobierno de los Estados Unidos bajo el título “Higiene sexual” que se proyectó a las tropas estadounidenses que cumplían misión junto a los Aliados. Más que el férreo código Hays habría que revisar las estructuras sociales, la formación de la sociedad civil, el civismo de la época y detectar dónde se produjeron las fallas del humanismo, donde penetró lo retrógrado y donde lo sectario para que por consenso se comentara esa abatida contra toda expresión de sexualidad, erotismo y pronografía. Besos, desnudos, el acto sexual y hasta el guiño provocador desaparecieron de las pantallas.

Para ser honestos, esto estimuló mucho más la mente de los pornógrafos y dio pie a la rebelión de algunos directores que a partir de la década del 50 comenzaron a marcar la diferencia con sus libertades creativas, pero también con sus ardides para desafiar la censura. Muy memorables son “Un verano con Mónica”, de Ingmar Bergman, la “Lolita” de Stanley Kubrick y la “Noche de los maridos” de Delbert Mann. Estas y muchas otras películas comenzaban a inquietar a los creadores que querían ir más allá del erotismo ya que en 1953 la revista “Playboy” había desatado una verdadera cruzada contra la censura y en exploraba de manera inquieta lo que el cine y la literatura de la época no se atrevían a explorar.

Pero, sin descalificar a nadie, ni sembrar la discordia, creo que el primer gran nombre del cine erótico fue Russ Meyer. Aunque “The inmoral Mr Teas” parezca ridícula y “Vixen” una obra del llamado softcore hay que reconocer que en las películas de Russ los hombres eran sometidos por portentosas mujeres, tetudas, fuertes y en exceso dominantes, inteligentes y capaces de tramar un inmenso placer a costa de hombres verdaderamente con un cerebro de mosquito. Pero esto, que ocurre en muchas pornos contemporáneas, las feministas no lo conocen y si lo saben lo ignoran.

Los años 70 dieron paso a la veneración de la estrella porno, su culto y seguimiento estuvo marcado por la aparición en el mercado de la mítica “Garganta profunda” con la despampanante Linda Lovelace. Entonces el Festival de Cannes era otra cosa, más abierto, democrático y revolucionario, quizás por eso se programó en la edición de 1973. Este hito permitió que el cine comenzara a transgredir la camisa de fuerza en la que se encontraba y que la pornografía comenzara a desarrollar todo un lenguaje vigoroso y libre que, por encima de cópulas, mamadas y eyaculaciones, suele ser más honesta a la hora de fotografiar cualquier cosa. Pero solo hay que ver los filmes del norteamericano Andrew Walker para percatarnos de la puesta tan personal con tintes surrealistas, la libertad de la cámara a la hora de construir la escena y la honestidad con que aborda el tema porno. Eso le da este tipo de obras una calidad inusual que desmantela la visión decadente de fotografiar la desnudez. Si bien es cierto que todo el porno no tiene cuotas de arte, todo el cine tampoco lo es y más que estar hablando de valores estéticos estamos hablando de libertad creadora que emancipa la expresión humana y fertiliza otras zonas del arte.

Ahora, me pregunto, ¿por qué el video arte, cuando era una reacción contra el mercado y el arte tradicional, no tuvo la socialización que tuvo el porno doméstico hecho también en cintas de vídeo? ¿Por qué se conoce más el nombre de Rocco Siffredi que el de Nam Jum Paik? Ah, los misterios mediáticos son así y no hay por qué demonizarlos. Ese creo que es el error de la mayoría de las aproximaciones a la pornografía. Creo que porque Rocco Siffredi, además de ser de los pioneros en usar el vídeo para la producción y distribución de pornografía, hizo lo que no hacen los dueños de las pasarelas, puso su feo y peludo cuerpo a disposición de mujeres para nada ninfas y logró un autorreconocimiento del ciudadano promedio excluido por la imposición de la moda. Además, dotó de humor y verdadero delirio las escenas porno donde actuaba. También se suele olvidar al italiano Joe Dámato quien es uno de los responsables de dotar al porno de argumento, actuaciones cuidadas, diálogos largos, decorados muy cuidados, iluminación precisa y otros elementos que realmente impresionan.

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