Cinco reseñas de libros sobre los sueños Reseñas

 

Cinco reseñas de libros sobre los sueños

Los sueños siempre nos han fascinado. Hoy sabemos que no son más que descargas aleatorias de grupos neuronales durante la fase REM del sueño a las que no hay que buscar significado. No está clara su función: aunque cada vez parece más claro que podrían ser importantes en la consolidación de la memoria, otros han propuesto que ayudarían más bien a llevar a cabo un olvido selectivo. Pero, aun siendo conscientes de esto, no podemos evitar esa atracción que ejercen sobre nosotros los sueños, del mismo modo que no podemos evitar el asombro ante un atardecer frente al mar, por mucho que sepamos que el sol no deja de ser una masa de gases donde se suceden reacciones termonucleares sin cesar.

Los sueños han influido en la creación humana, eso es innegable, y no solo en el mundo de las artes (uno de los ejemplos más conocidos es el poema «Kubla Kahn» de Coleridge) sino también en el mundo de las ciencias: gracias a sendos sueños llegaron, Kekulé a la estructura molecular del benceno, y Otto Loewi a la función de la acetilcolina en la contracción muscular. Muchos chamanes han basado sus predicciones en sueños e incluso algunos generales han diseñado las estrategias a seguir en guerras a partir de revelaciones que recibieron durante la noche. Por eso, no es de extrañar que lo onírico haya sido siempre un material excelente para los creadores literarios, no solo por ese carácter anómalo que suele revelarse en los sueños, sino también por la carga de significado personal que suelen portar, y que se les atribuye a posteriori, lo que revela mucho del autor en cuestión. Algunos artistas han empleado los sueños como el pilar sobre el que construir su obra artística, y los surrealistas son los campeones en este aspecto, hasta tal punto que incluso empleaban artimañas para lograr despertar durante el sueño, como Dalí, que dormía con la mano sacada a un lado de la cama y una cucharilla entre los dedos. Cuando alcanzaba el sueño REM, momento en el que se produce una relajación de todos los músculos del cuerpo, la cucharilla caía al sueño y Dalí despertaba y trataba de llevar al pincel los sueños que solo unos minutos antes lo habían acosado.

Lo habitual es que los autores inserten los sueños de forma más o menos artificiosa en la trama de una novela; son menos los casos en los que un escritor se haya lanzado a enumerar sus sueños, sobre todo por la carga de intimidad que se revela con ellos. Sin embargo, algunos autores han dado ese paso. En el último mes han llegado a las librerías dos libros construidos a partir de sueños, Un mundo propio, de Graham Greene (La uña rota, traducción de Eugenia Vázquez, 160 pág., 14 euros) y Mansa chatarra, de Francisco Ferrer Lerín (Jekyll & Jill editores, 152 pág., 20 euros). Por eso hemos decidido reunirlos en una sola reseña y subir la apuesta con algunos libros compuestos a partir de material onírico, como sin los Sueños de Walter Benjamin (abada editores, traducción de Juan Barja y Joaquín Chamorro, 160 pág., 16 euros), los Sueños de Kafka (editorial errata naturae, traducción de Iván de los Ríos, 104 pág., 13,50 euros), y La cámara oscura de Georges Perec (Impedimenta, traducción de Mercedes Cebrián, 288 páginas, 21 euros).

 

Un mundo propio o el Diario de sueños de Graham Greene es algo así como el desnudo integral de alguien que siempre mantuvo su vida personal alejada de la vida pública. Sin embargo, al final de su vida decidió reunir este conjunto de sueños que había ido anotando a lo largo de su vida porque, a fin de cuentas, uno visita casi tan a menudo ese Mundo Propio como visita el Mundo Común. Los sueños de Greene son muy variados. En muchos de ellos aparece ostentando cargos extraños; así, es embajador de Escocia, arzobispo de Westminster, miembro de la Orden de los Compañeros de Honor y aconseja a Leopoldo de Bélgica acerca de los desmanes de su tatarabuelo. También es productor teatral y se atreve a llamar cabrón a Alec Guiness, o a criticar a Orwell y C.P. Snow. Tiene encuentros con múltiples autores, muchos de ellos difuntos, y algunos de los cuales ignoran su obra. Nos enteramos también de que a Greene no le gustaban los pájaros debido a lo desagradable que le resultaba el roce de sus plumas; también hay sueños extraños y con tono de pesadilla, como uno en el que descubre que le salen gambas del pene. También tiene hueco para la crítica a los papas (aunque Greene era calificado de autor católico, lo cierto es que sus posiciones nunca fueron ortodoxas) y, por supuesto, aparecen en esos sueños algunas intrigas de espionaje dignas de cualquiera de sus novelas, aunque posiblemente sean lo menos interesante del volumen, pues eso ya lo había mostrado en el Mundo Común pero, eso sí, en este caso él ejerce de protagonista de las intrigas.

Aunque el autor inglés menciona algunas pesadillas, se diría que el tono del libro es amable. Por eso, hasta cierto punto se alegra de ese olvido casi instantáneo que padecemos cuando un sueño ha finalizado:

A veces me pregunto si la memoria no ejerce a menudo de censor compasivo, y así incluso el peor de los terrores de una pesadilla se ha atenuado cuando cerramos los ojos.

El final del volumen termina, no podía ser de otro modo, con la muerte y unos versos finales que le llegaron en un sueño y que bien podrían constituir su epitafio.

Se trata de un libro con encanto, donde vemos a un autor como Greene en un registro muy diferente al que estábamos acostumbrados. Recomendable como curiosidad biográfica y con algunos momentos literarios interesantes.

 

Mansa chatarra, de Ferrer Lerín no tiene apenas nada en común con el volumen de Greene, salvo que los textos que lo configuran proceden del mundo onírico. Para empezar, Ferrer Lerín es ornitólogo, por lo que no creemos que el roce de las plumas de un ave le sea desagradable, sino más bien todo lo contrario. De hecho, las aves aparecen en algunos de sus sueños, no tanto como símbolo sino de pasada, como secundarios de lujo. Este es un volumen más profundo, en el sentido de que los textos no solo están inspirados en sueños, o son una recreación literaria de lo onírico, sino que además constituyen una reflexión sobre ellos, pues llevan implícita una cierta filosofía del sueño que enriquece los textos, ya de por sí interesantes debido a esa carga lírica que a menudo exhiben.

Pero no nos engañemos, los textos de Ferrer Lerín son densos y difíciles, especialmente los que abren el volumen, siempre mostrando una apariencia caótica que, si se lee con cuidado, no es tal. En general, se narran pesadillas, por lo que los ambientes suelen ser opresivos, desérticos, oscuros y, aunque los textos tienen diferente procedencia, y Ferrer Lerín los escribió en épocas diferentes de su vida, mantienen un tono que se mantiene bastante bien a lo largo del volumen, a pesar de las distintas búsquedas y «atmósferas» que se suceden. Algunos de los temas son recurrentes (la búsqueda del coche, los encuentros con difuntos, la cuñada hermosa). El lenguaje poético no cesa, esa búsqueda permanente para abordar el sueño con la palabra, empresa acaso imposible, pero que Lerín, inasequible al desaliento, ensaya a lo largo de los años.

Vi al monstruo hendiendo el tiempo con su pata mediana. Y me di cuenta de que había concluido por ahora la posibilidad de soñar.

Como decíamos, los textos de Ferrer Lerín no son solo ejercicios preciosistas en los que lo lírico lo ocupa todo. Hay también espacio para la reflexión acerca del sueño, de sus diferentes perspectivas e interpretaciones. No podemos saber si hay una reinterpretación de los sueños ―la memoria no es inocente―, pero sin duda la carga filosófica de los textos es innegable. En alguno de ellos se juega, por ejemplo, con esa idea con la que ya jugaron Borges, en ese magnífico relato del chino y la mariposa, o Cortázar en «La noche boca arriba», en los que uno, al despertar, no sabe si el sueño es la realidad o lo es esa que ve al despertar. En cualquier caso, el leitmotiv de los textos de Ferrer Lerín suele ser la muerte, no en su significado simple y explícito como cesación de la vida, sino en un plano más relacionado con lo literario, con la imposibilidad del lenguaje para abarcar lo visible.

Un atractivo adicional del volumen son las fotografías pegadas (no impresas directamente sobre el papel) que encontramos en diferentes páginas, y que lo convierten en un libro-objeto, algo en lo que los editores de Jekyll & Jill parecen haber puesto especial cuidado en todos los libros que han publicado hasta el momento. Esperamos que sigan por esa senda.

Es Mansa chatarra, por tanto, un libro recomendable, para disfrutar con la textura de las palabras del autor y lidiar con los múltiples significados que sugiere, y que se presentan con «pasos de terciopelo».

 

Sueños, de Walter Benjamin recoge los textos acerca de los sueños que aparecen dispersos aquí y allá en la voluminosa obra del filósofo alemán. Es por tanto un libro que surge de una ardua labor de investigación, pues no es nada sencillo recopilar todos sus textos ―algunos de ellos se encuentran en manuscritos no publicados―, por lo que su valor debe tenerse en cuenta. Los textos tienen una doble orientación: la primera mitad del volumen son transcripciones de algunos de sus sueños, aunque quizá no podamos hablar tanto de transcripciones, sino más bien de interpretaciones que no parecen muy naturales (de hecho, muchos de esos sueños no lo son en un sentido estricto, ya que son descripciones de la imaginería que surge en el estado de duermevela, donde uno tiene mayor capacidad para deformar y transgredir la autonomía de los sueños); la segunda mitad del volumen está formada por textos teóricos sobre el sueño.

Si decíamos que los textos de Ferrer Lerín eran complejos, los de Walter Benjamin no se quedan atrás, pero en este caso se suma además un componente reiterativo que a veces hace algo pesada la lectura, pues algunos de los sueños y textos que se presentan son muy similares, aunque con sutiles variantes. Es cierto que en algunos casos esos textos reiterativos parecen pertinentes, como uno de los sueños en el que Benjamin parece predecir un robo en su casa. En esos textos, primero se muestra orgulloso de que sus padres recurran a él y se interesen por el sueño; después, en otro, se muestra indiferente a ese interés por parte de sus padres; y en un tercer texto se arrepiente de habérselo hecho saber a sus padres porque considera que constituye una intromisión en un mundo que debía ser ajeno al mundo real. En los textos teóricos, Benjamin reflexiona sobre sus propios sueños, y también critica la creación artística a partir del sueño, ya que considera que deberían ser realidades diferentes, y por eso critica duramente al surrealismo, que le parece algo banal.

En alguno de los textos hace especial hincapié en que los sueños no deben transcribirse en cuanto uno despierta, pues durante el despertar aún se encuentra el durmiente en un estado de ambigüedad, de confusión entre sueño y realidad que no le permite juzgar con claridad el sueño. Por eso considera que es necesario desayunar, para después transcribir, ya inmerso en lo cotidiano, ese sueño que se muestra al durmiente con todos sus significados.

A pesar de que se trata más bien de textos filosóficos, no están exentos de cierta poética:

Creo que el barco que nos cogía en sueños a menudo se meció ante nuestras camas entre el estruendo de olas de las conversaciones y la espuma del ruido de los platos; luego, a primera hora de la mañana, nos dejaba por fin, enfebrecidos, como si hubiéramos vuelto de ese viaje que estábamos a punto de iniciar.

 

En el volumen Sueños, de Franz Kafka se reúnen textos en los que el autor narra algunos de sus sueños. La mayoría se encuentran en diarios o cartas. En ellos se aprecia el mundo kafkiano que ya se ve en sus novelas. Kafka no se muestra reacio a describir ninguno de sus sueños. Por eso aparecen relaciones sexuales con prostitutas (o más bien intentos para alcanzarlas), las relaciones con Milena, con su marido alentándolas o ignorándolas, bailarinas grotescas, o cuadros soñados de Ingres. También aparecen de forma recurrente su padre y Max Brod. Algunos de los sueños son pesadillas estremecedoras, como una en la que una niña ciega lleva puestas unas gafas salvajes, mientras que otras tienen un cariz más intimista, como aquella en la que muestra sentimientos negativos hacia uno de sus amigos; otros son de corte casi surrealista, como uno en el que unos conejos alborotan a la puerta de su casa; otros juegan también con la confusión entre sueño y realidad, como uno en el que siente que hay un perro sobre él y siente terror al pensar que al abrir los ojos, el perro, igual que el dinosaurio de Monterroso, pueda seguir ahí.

Los sueños que recoge el libro, son interesantes, pero como la obra de Kafka es desmesuradamente buena, es posible que necesiten ser contextualizados y que, vistos de este modo, sin los textos de alrededor que los arropen, se vean un poco extraños. Aun así se agradece el esfuerzo de la recopilación llevada a cabo por errata naturae, y el volumen no deja de tener su interés, pero preferimos a Kafka sin selecciones ni antologías, en esa confusión que supone cualquiera de sus escritos, una amalgama de fantasía, realidad, imposibilidad y certeza.

 

La cámara oscura, de Georges Perec un volumen que se compone de ciento veinticinco sueños que recogió Perec a lo largo de su vida. Su estilo es el de siempre: pulcro, sencillo y profundo. Entre los sueños encontramos sitio para las pesadillas, las rarezas, los crucigramas, las curiosidades, sus relaciones con Z.,… El libro es puro Perec, aunque a veces se torna algo monótono y algunos de los sueños podrían ser prescindibles (el hecho de que adoremos a Perec no quiere decir que toda su producción nos resulte imprescindible). En varios casos, Perec no recuerda los sueños, sino solo ciertas palabras. Esos sueños sí nos resultan acertados, pues abren la imaginación del lector y la proyectan a la recreación de un sueño que no le es propio. Otros sueños inciden también en la recurrente confusión entre sueño y realidad, que a veces se soluciona incluso en el interior del sueño.

Como la memoria es tramposa, no recordamos si Perec narra en este volumen o en otro una pesadilla que lo acosó durante la escritura de La disparition (El secuestro, en su traducción al español) que consistía en que al examinar el manuscrito lo veía plagado de letras e, lo que constituía una auténtica pesadilla teniendo en cuenta que la regla previa a su escritura del libro era que careciese de esa letra.

En cualquier caso, La cámara oscura no deja de ser un libro interesante para conocer más sobre Perec, para adentrarse en las variantes del sueño y sus múltiples significados, en las posibilidades que plantea a un nivel conceptual, también en lo artístico, y para disfrutar de la estupenda traducción de Mercedes Cebrián de este libro. Es de agradecer también la idea de Perec de incluir al final del libro, y a modo de glosario, un índice de los temas o palabras clave que esconden sus sueños. Qué podemos decir de un libro de Perec: una maravilla.