La novela del siglo XXI: la voz Literatura

Si en la entrega anterior hablábamos de cómo es la estructura de la novela de este último siglo, hoy dedicamos este espacio a tratar la voz que nos cuenta el argumento. Esto es, el narrador.

El narrador del siglo XXI es narcisista, cuenta, proyectando su visión del mundo desde su ombligo, y extrapola lo que le han aportado sus propias vivencias a una cosmovisión válida (o no) al resto de la humanidad.

¿Y qué vehículo va a elegir este narrador narcisista para contarnos qué le ocurre? Si bien la 3ª persona sigue siendo el narrador por excelencia, ha aparecido una proliferación de autores decantándose por la 1ª persona. Este parece ser el siglo de la literatura convertida en relato íntimo, en crónica personal, en fíjate lo que me ha pasado que es increíble. Las novelas se disfrazan de apariencia de diario, como si fuesen un relato robado al autor, del cual importa más lo que pueda destripar de su vida que de crear una ficción fabulada. Exagerando, podríamos hablar del cotilleo novelado.

Este yoísmo autorial se completa en una elipsis dibujada por un frisbee de plástico lanzado al aire en la que la mayor parte de la novela ultimísima escrita en primera persona baila sobre el tiempo presente. Porque el YO también exige el AHORA.

Así, encontramos numerosos ejemplos: La doble vida de Martin Harris, de Didier van Cauwelaert (ed. Alfaguara, 2003); Finde David Monteaguado (ed. Acantilado, 2009); Una misma noche, de Leopoldo Brizuela (premio Alfaguara de novela 2012); Rat Girl, de Kristin Hersh (Alpha Decay, 2010); más todas las novelas citadas en el artículo sobre la estructura en la novela del siglo XXI (excepto La furia de la langosta, de Lucía Puenzo y NW London de Zadie Smith que sí usan el tiempo presente pero el YO solo en algunos fragmentos).

¿Cuál es la consecuencia directa de escribir una novela en presente y 1ª persona? Que todo se reduce al argumento. Y, en ocasiones, este argumento, aunque esté muy bien tratado, puede quedar atravesado por una personalidad insoportable que busca ser el centro del universo clamando con llanto de bebé que las miradas se centren en él. Así que, habrá que tener cuidado con no abusar de la 1ª persona. Como siempre, solo los mejores sobrevivirán y, el resto, quedará como una horda de pesados parloteando de sí mismo creyendo que son interesantes.

Desde el narrador en 1ª persona la experimentación técnica queda algo desangelada, pues el narrador muestra una realidad unívoca la cual debemos creer (y compartir) sin duda ninguna. En el momento en el que no estemos de acuerdo en algo o no nos convenza, estamos perdidos como lectores. O más bien, el escritor estará en desventaja, porque habrá perdido un lector. Como un Ulises moderno que cuenta una historia que solo él sabe si es cierta o no y que, por tanto, puede ser todo lo mentiroso que le dejen los límites de la verosimilitud, el narrador de la novela ultimísima maneja a sus lectores a su antojo. Pero sus lectores deben ser, además, acólitos, devotos, fans que buscan en sus historias su propio reflejo, aunque este esté falseado, la identificación.

Y aquí se abre otro gran debate de la literatura: si el lector lee para identificarse con el protagonista (que en la novela ultimísima es, además, narrador) o si lee para descubrir otros mundos posibles a los que asomarse desde la comodidad de su sillón (y no me refiero a la literatura como evasión, sino como ventana, como descubrimiento). Si se ha elegido la primera opción, parafraseando al que fue mi profesor Santos Alonso un día que nos enseñaba a distinguir a los buenos escritores entre todos los demás, se ha elegido la muerte de la literatura, porque querer identificarse con el protagonista es de esquizofrénicos. ¿Quién quiere identificarse con Carmen, viuda desconsolada que habla con su marido fallecido en Cinco horas con Mario de Miguel Delibes? Las novelas no pueden entenderse (únicamente) como crónicas. En cambio, la novela ultimísima, con su uso de la 1ª persona y su univocidad, no nos deja más opción que hacernos creer que somos nosotros, los lectores, quienes podemos meternos en la piel del protagonista durante unos días. Es decir, casi como un nuevo género o estilo al que podemos denominar la novela videojuego: vivo, no ya mi propia aventura, sino la aventura de otro.

Si el siglo XXI va a llenarse de YOS contando lo que les ha pasado (y las novelas mencionadas en este post son de una calidad excelente), este tipo de novela tendrá una vida muy corta, porque el panorama literario se puede volver insoportable con tantos gritos exigiendo la atención sobre un individualismo exacerbado. Además, para eso ya está la poesía, cuya función es la de hacer oír, desde el yo lírico, el sufrimiento de la humanidad.